Conversaciones Claroa 01: Habitar el Arte

Claroa Gallery reúne a profesionales de la arquitectura, el interiorismo, el diseño y el sector inmobiliario para reflexionar sobre la presencia del arte en los espacios que habitamos. Una conversación que plantea la necesidad de incorporar las obras desde el inicio de los proyectos y de acompañar a quienes todavía no se sienten preparados para comprar arte.

¿Qué sucede cuando una obra de arte entra en una casa? ¿Debe formar parte del proyecto arquitectónico desde su origen o aparecer cuando el espacio ya está terminado? ¿Por qué aceptamos con naturalidad gastar una cantidad importante en un mueble, un bolso o un dispositivo tecnológico, pero todavía percibimos la compra de arte como un capricho?

Estas fueron algunas de las preguntas abordadas en Habitar el arte, primera edición de Conversaciones Claroa, celebrada en Claroa Gallery, en Sant Joan d’Alacant.

El encuentro reunió a Adrián Barbudo, Director Comercial de MPC Group; Teresa Lafuente, arquitecta de interiores y artista; Bea Vidal, diseñadora de interiores; Cristina Estany, artista e interiorista; Sergio Fábrega, arquitecto, socio de VOLTA; Verónica Urdiales interiorista y socia de Cas Aparte, Sergio Prieto, artista, diseñador y socio de Cas Aparte; Francisco Sánchez, CEO de QUO Real Estate; Carlos Paternina, arquitecto y CEO de ARDE Arquitectura y Diseño; Ángel Cremades, interiorista y diseñador; Hilde J. Weflen CEO de Weflen Group, y Alfonso Sánchez, artista y Director de Claroa Gallery.

Concebida como una conversación profesional sin público, la sesión permitió intercambiar experiencias y abordar con franqueza algunas de las barreras que todavía separan al arte contemporáneo de la vida cotidiana.

Pensar el arte desde el principio

Una de las ideas que atravesó toda la conversación fue la necesidad de dejar de entender el arte como el último elemento de la decoración. Con frecuencia, la arquitectura define el espacio, el interiorismo incorpora los materiales y el mobiliario y, solo cuando todo está terminado, se plantea qué colocar en las paredes.

“Creo que todo va desde el principio y de la mano” — Bea Vidal

Fue Bea Vidal quien abrió el debate proponiendo que el arte se tuviera en cuenta desde el inicio del proyecto, junto a la arquitectura y el interiorismo. Su planteamiento situó la obra fuera del papel de complemento final y sirvió como punto de partida para analizar cómo su presencia puede condicionar la distribución, la iluminación y la relación entre los distintos elementos del espacio.

“Me gusta diseñar los espacios con una idea completa: hago la arquitectura, el interiorismo, diseño los muebles y casi siempre acabo pintando algún cuadro” — Teresa Lafuente

Para Lafuente, lo importante es desarrollar «la idea llevada a la totalidad» y conseguir que quien entra en el espacio comprenda y recuerde esa intención.

Incorporar el arte desde el principio no significa necesariamente elegir una obra antes de proyectar la vivienda. Supone prever su posible presencia y tener en cuenta que una pieza puede modificar la iluminación, las perspectivas, los recorridos y hasta la distribución de una estancia.

Durante el debate se planteó que una entrada, el final de un pasillo o una determinada pared pueden concebirse como lugares destinados a convivir con una obra. Cuando el cliente ya posee una colección, esta integración resulta más sencilla: la arquitectura puede organizarse alrededor de piezas concretas. El verdadero desafío aparece cuando la persona todavía no ha desarrollado una relación con el arte.

“El arte cualifica los espacios y te acompaña” — Sergio Fábrega

Desde la perspectiva del socio de VOLTA, arquitectura, interiorismo, música y artes plásticas forman parte de un mismo territorio creativo, aunque la arquitectura deba responder también a exigencias funcionales.

Acompañar sin imponer

Arquitectos e interioristas ocupan una posición privilegiada para acercar el arte a sus clientes, pero los participantes señalaron también los límites de esa mediación. El profesional puede crear el contexto, presentar artistas, mostrar posibilidades y explicar cómo una obra puede convivir con el espacio. Sin embargo, no debería imponer una elección.

En la conversación se definió la adquisición de una obra como una decisión especialmente íntima. Es posible sugerir que una escultura tendría una presencia extraordinaria bajo una determinada iluminación o ayudar al cliente a imaginar qué verá cada día al entrar en casa, pero la conexión final debe producirse entre la persona y la pieza.

“Nosotros generamos el espacio y luego es el cliente quien lo habita”

Esta idea resume una de las conclusiones del encuentro: el proyecto puede preparar el lugar para que el arte aparezca, pero no decidir de antemano aquello que debe emocionar a quien va a vivir allí.

Cristina Estany aportó una mirada situada entre distintas disciplinas. Después de desarrollar gran parte de su trayectoria en el mundo de la moda y de incorporarse posteriormente al interiorismo, explicó que continúa considerándose, por encima de todo, «artista y diseñadora». Su experiencia refleja la permeabilidad entre arte, moda, diseño y creación de espacios que estuvo presente durante todo el encuentro.

Esa misma conexión entre disciplinas apareció en las intervenciones de Sergio Prieto y Verónica Urdiales. Prieto explicó que su trayectoria ha ido uniendo el diseño de producto, la pintura, el interiorismo y el ámbito inmobiliario: «Ha sido una fusión de todas estas opciones». Urdiales añadió que esa mirada se traslada al trabajo de Cas Aparte, donde las ideas nacidas en el diseño de objetos se llevan al espacio para dotar a los interiores de un carácter especialmente creativo.

El miedo a no saber de arte

La frase «no sé de arte» apareció en varias ocasiones. Incluso profesionales acostumbrados a trabajar con la estética, los materiales y los espacios reconocieron sentir inseguridad ante la posibilidad de elegir una obra.

Ángel Cremades puso el foco en la falta de referencias que sienten muchos posibles compradores. Incluso entre profesionales habituados a trabajar con la estética existe la impresión de no disponer de criterios suficientes para valorar una obra o distinguir entre una elección personal y una posible inversión. Su aportación permitió identificar una barrera frecuente: muchas personas creen que necesitan unos conocimientos previos para entrar en una galería, preguntar por una pieza o confiar en su propia reacción.

Carlos Paternina recordó, por su parte, que su acercamiento al arte surgió del dibujo y de la pintura, actividades en las que le interesaba especialmente el proceso. Desde la arquitectura, defendió esa aproximación abierta y reconoció que observar obras, conocer proyectos y mantener el contacto con la creación permite formar gradualmente un criterio propio.

La ausencia de reglas aparentemente objetivas genera el temor de equivocarse, de pagar demasiado o de no comprender lo que se está viendo. En ese punto, la galería puede cumplir una función esencial: explicar la trayectoria del artista, contextualizar el precio y acompañar al comprador sin convertir la experiencia en una lección académica.

La mirada también se educa. Del mismo modo que se aprende a apreciar la arquitectura, el vino o la música mediante el contacto continuado, la relación con el arte se construye visitando exposiciones, conociendo artistas y conviviendo con obras.

Hilde J. Weflen reivindicó el valor de acercar la cultura artística a quienes todavía no mantienen un contacto habitual con ella. Su aportación mostró cómo la sensibilidad artística puede trasladarse al interiorismo y transformar la experiencia de quienes habitan un lugar.

La primera compra y la idea del capricho

Otro de los grandes asuntos del encuentro fue el proceso de compra. Adquirir la primera obra suele vivirse como una decisión difícil de justificar. Gastar varios miles de euros en determinados objetos de consumo se considera habitual, mientras que destinar una cantidad semejante al arte todavía puede producir culpabilidad.

“El proceso de compra de arte es muy curioso. Al principio, gastar dinero en una obra se percibe como un capricho que no deberías permitirte” — Alfonso Sánchez

Sin embargo, después de esa primera adquisición cambia la relación con el arte. La obra deja de entenderse como un gasto excepcional y pasa a formar parte de la construcción del entorno personal.

Frente a otros objetos que permanecen guardados, se sustituyen o envejecen rápidamente, una obra acompaña a su propietario durante años. Se contempla cada día, se traslada de una vivienda a otra y puede adquirir nuevos significados con el paso del tiempo.

La conversación también cuestionó la idea de que comprar arte exige disponer de un gran presupuesto. En una casa pueden convivir obras de artistas emergentes, piezas de creadores de media trayectoria, autores consolidados y objetos adquiridos por razones afectivas. Una colección no se construye únicamente a partir de precios o criterios de inversión, sino mediante decisiones que hablan de la persona que la reúne.

La vivienda como oportunidad

El sector inmobiliario ocupó una parte importante del debate. La compra o reforma de una vivienda constituye uno de los momentos más favorables para iniciar una relación con el arte: el comprador está pensando cómo quiere vivir, qué imagen desea proyectar y qué elementos incorporará a una nueva etapa.

Francisco Sánchez, de QUO Real Estate, recordó que detrás de una operación inmobiliaria existe siempre una dimensión emocional. Aunque desde fuera pueda parecer que el sector trabaja únicamente con «ladrillos y cosas materiales», explicó que algunos de los momentos más gratificantes aparecen cuando un comprador encuentra la vivienda que estaba buscando.

“Cuando ves a alguien feliz, incluso emocionarse, porque ha encontrado la vivienda que buscaba, entiendes que detrás de una casa hay mucho más que ladrillos” — Francisco Sánchez

Ese vínculo emocional convierte a los agentes inmobiliarios en posibles mediadores. En lugar de limitarse a entregar una vivienda vacía o completamente estandarizada, pueden facilitar el contacto con arquitectos, interioristas, galerías y artistas.

Adrián Barbudo, director comercial y de marketing de MPC Group, aportó la perspectiva de quien trabaja directamente con el mercado y con compradores internacionales. Su experiencia muestra una mayor familiaridad con el arte entre determinados clientes procedentes del centro y norte de Europa, donde existe una cultura más vinculada al interior de la vivienda y a la convivencia cotidiana con obras.

Los participantes plantearon posibles colaboraciones entre promotores, agencias, estudios de interiorismo y galerías. No se trataría de ofrecer paquetes cerrados de cuadros, sino de mostrar alternativas, organizar visitas y permitir que cada comprador descubra qué tipo de obra puede conectar con él.

Una casa con humanidad

El debate concluyó mirando hacia el futuro. La inteligencia artificial, la fabricación industrial y la difusión global de las mismas imágenes y tendencias parecen conducir hacia espacios cada vez más homogéneos.

Ante esa uniformidad, el arte puede adquirir una importancia todavía mayor. Una obra introduce algo irrepetible: la huella de una persona, una materia, una imperfección y una forma particular de observar el mundo.

“Necesitamos el arte porque necesitamos lo humano”

En un entorno en el que las viviendas pueden acabar utilizando los mismos muebles, colores y soluciones, las obras permiten construir espacios singulares.

El arte no necesita combinar cromáticamente con el sofá ni limitarse a completar una composición decorativa. Puede dialogar con la arquitectura, introducir tensión, despertar preguntas o modificar la percepción de una habitación. Su función no es simplemente rellenar una pared, sino provocar una experiencia.

Esa fue, finalmente, la idea central de la primera edición de Conversaciones Claroa: habitar el arte significa permitir que las obras participen en nuestra vida. Verlas al entrar en casa, descubrir algo diferente en ellas con el paso del tiempo y construir a su alrededor una memoria.





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